El libro que salvó a Alberto Arce

Llegó con un vuelo «low cost» a Malta y en un barco cargado de espagueti a Misrata. El reportero presenta el documental y el libro surgido tras más de 45 días cubriendo la guerra civil de Libia

La cara de asombro de Alberto Arce cuando veía en Internet la captura y muerte del dictador Muamar Gadafi superaba la del resto de los mortales que, a los pocos segundos del play, torcíamos el gesto. El periodista reconoció a Omran, el traductor que durante más de un mes les había acompañado a él y al fotógrafo Ricardo García Vilanova en Misrata, durante la guerra de civil de Libia. Aparecía con júbilo, armado y sujetando el pelo del dictador atrapado.

Omran es elegante y educado. Así le define Arce en el libro que presentó el miércoles en el Colegio Mayor Universitario Chaminade, «Misrata Calling». El libio reconoció al periodista estar a favor de los rebeldes sublevados, pero no había cogido un arma en su vida: «Yo no podría», repite una y otra vez. Días después de la captura, Arce, con la ayuda del periodista de El Mundo Javier Espinosa («que siempre encuentra a todo el mundo»), averigua que el asesinato de dos familiares del traductor por parte de las tropas de Gadafi fue lo que llevó a Omran a luchar y a celebrar de ese modo la caída del dictador.

MISRATA, VENCER O MORIR from Medina Media on Vimeo.

Esta casualidad no es tal. Arce, en el documental «Misrata, vencer o morir» que proyectó antes de la presentación del libro, mostró a jóvenes estudiantes asentados en Madrid cómo sus homólogos libios sustituyeron el lápiz por el kalashnikov. Arce quería contar al mundo, que en su opinión recibió pésima información de este conflicto, que los rebeldes de Misrata no eran terroristas islámicos: «Mucha gente cree que por gritar ‘Allah Akbar’ lo son, y eso es como quien grita en Gijón un domingo ‘Aúpa Sporting’».

En una ciudad tan próspera como era Misrata los rebeldes tenían «más voluntad que munición» y una intención casi unánime de que los periodistas contasen la guerra desde su bando. El reportero asegura que lo contó desde el lado que le dejaron, y apunta que convertirse en una carga para los rebeldes, hasta el punto de que arriesguen sus vidas por sacarte de algún sitio, no es nada cómodo.

Una de las cuestiones del público del Chaminade que desató más polémica fue la de por qué Arce no había contado la guerra también desde el bando gadafista. La respuesta es uno de los detalles en papel que se pierde en la pieza audiovisual. Cuando en la escena final los rebeldes asesinan a dos mercenarios gadafistas que encuentran una vez liberado el centro de Misrata, se produce el punto de equilibrio que justifica las dos visiones que desde un solo bando trata de plasmar Arce.

Con las preguntas siempre presentes de «¿Quién soy yo para meterme en sus vidas?» y «¿Qué derecho tengo a ser lo último que vean antes de morir?», Arce recoge en su libro noches de largas conversaciones a oscuras fumando pipas de agua.

Bastante autocrítico, el reportero afirmó que no le gusta su propio documental. No le gusta aparecer él, reta a que los lectores cuenten los segundos en los que hablan los verdaderos protagonistas, los libios. Afirma con rotundidad que la posibilidad de escribir el libro fue su salvación.

«Yo, mientras tanto, mercenario, prepotente, un pelín exagerado, aventurero, acomplejado, freelance, resentido, asmático compulsivo, feo y romántico de lo que nunca jamás sucedió, hago algo tan triste pero alimenticio como la caja al final del día -el clic, clic de las cuentas-, recojo los bártulos y me voy a la playa a celebrar la jugada, que ha salido mejor de lo que esperaba. Ahí me las den todas, insultos incluidos».

LIBROS DEL K.O.

Todo va a salir mal. Pero les da igual. Así, con esa firmeza, cuatro chicos se volcaron en el proyecto de una editorial online que apuesta por el libro como formato del periodismo.

«Creemos que la crónica periodística puede ser un género muy sexy y somos radicalmente promiscuos: nos encanta la crónica deportiva, el perfil minucioso, la microhistoria en la que nadie se fija, los obituarios, los corresponsales en zonas calientes y los redactores de periódicos de provincia que le buscan las cosquillas a las ruedas de prensa de los prohombres regionales; el cascarrabias Josep Pla y el gonzo Hunter S.Thompson, a quien nos gustaría juntar en una tertulia y ver qué pasa; las revistas para distraídos, como Etiqueta Negra, y las gacetas ilustradas del siglo XVIII; los charlatanes geniales como Julio Camba y los periodistas perezosos como Enric González; los fotógrafos que recorren la ex Unión Soviética para fotografiar satélites y los que dedican su vida a perseguir traineras en una zodiac; los fanzines y los púlpitos, el ciclismo y Chechenia, los columnistas descreídos y las defensoras del lector deslenguadas.»

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