Ciudad Universitaria en 39′ 40”

Con las zapatillas de correr, a punto de sumar los suficientes kilómetros como para jubilarlas, y la grabadora que nunca supe apagar (y opto por quitarle las pilas), intento hacer mío el recorrido que durante años lo fue con carpeta bajo el brazo.

 

Imposible. Comparto recorrido, asfalto y suspiros en el campus con más estudiantes presenciales de España y el segundo de Europa. Durante el curso 2010-2011 más de 85.000 disfrutaron de la acepción entera de ciudad y de universitaria.

Llama la atención que en el diccionario de la más ilustre institución llena de sillones al buscar la palabra «ciudad» la defina, en una primera explicación, como «conjunto de calles y edificios». Es curioso también que, añadiendo al nombre común el término «universitaria», siga definiéndolo como «conjunto de edificios».

La avenida Complutense es la espina dorsal del Campus de Moncloa. Avanzo por ella en dirección Paraninfo. En el campo de rugby ya hay tres jugadores pasándose el balón mientras el resto del equipo espera en la grada de hormigón. Zona típica de reunión de estudiantes en la primavera complutense. Las sillas de plástico del bar de dentro forman corrillos y el turno de tarde sabe a cebada.

No ha sido buena idea comenzar subiendo por la parte delantera de la zona deportiva del Paraninfo —parece—. Me cruzo con otro corredor que viste de verde y que ocupa la parte derecha del carril bici, que lleva construido desde hace dos años y por el que los estudiantes pueden circular con bicicletas propias o prestadas. Este curso académico se han estrenado 300 bicicletas que se pueden utilizar por 15 euros al mes .

Una mujer equipada con un cortavientos gris y mallas oscuras hasta los tobillos sube por la cuesta que ahora me toca bajar a mí, la parte trasera del complejo deportivo, donde unos chavales cadetes, Ignacio y Gonzalo, se aproximan al campo de rugby para jugar un partido de la liga escolar.

LETRAS HASTA EN EL TRANSPORTE

El autobus U se aproxima a la altura de la escuela de Telecomunicaciones. En Ciudad Universitaria los autobuses se distinguen del resto de los de Madrid por llevar una letra luciendo en la parte frontal. El F, el G, el H, el I y el U tienen trazado, en su mayor parte, por este campus y el de Somosaguas, donde se levantan otras facultades de la Universidad Complutense.

Los niños en la Ciudad Universitaria siempre me llamaron la atención. Me gusta imaginar por qué están ahí. Me cruzo con dos que van de la mano de sus padres.

En la rotonda de Biología, que pierde su nombre al estar fragmentada pero cuya utilidad es la misma que si no lo estuviera, subo pasando por delante de Geología hacia la zona de los colegios mayores. En la puerta del Chaminade dos chicas que cursan su primer año universitario estiran después de correr media hora: «Es que sino no hacemos nada de deporte, y en casa lo hacíamos», dice una de ellas con la cara colorada mientras explica que vive en un colegio femenino cerca de allí.

Bajando por Metropolitano llego a las facultades de ciencias de la salud. Un enorme edificio de cristal, que pertenece a la de Farmacia, contrasta con el coche desguazado sobre palés que se encuentra en un improvisado aparcamiento de tierra. Porque en Ciudad Universitaria los sitios para dejar el coche están muy cotizados, incluso a primera hora de la mañana.

Es de las peores zonas para correr. Las aceras están levantadas y son estrechas. Un corredor con sudadera verde y yo nos tenemos que poner visualmente de acuerdo para repartirnos el metro de acera. La parte de atrás de Medicina esconde a un personaje que si estuviese en la entrada quedaría a la sombra del caballo insignia del Campus. Una estatua del doctor Gregorio Marañón con apariencia seria parece advertir lo que llega en pocos metros. Dejando a la derecha Odontología, la facultad que mejor fama tiene a la hora de comer, aparezco en un parque por una cuesta con esos escalones bajitos que cansan más que si hubiese la mitad con más altura. Pintadas, pinos cortados y una pareja al fondo, mientras mis oídos me recuerdan que el frío trotando les sienta peor que estática.

El Faro de Moncloa se advierte entre los árboles hasta que le doy la espalda mientras bajo hacia la rotonda de Cardenal Cisneros, donde dos jóvenes cuelgan en la cabaña de madera para anuncios el de una fiesta universitaria. Pisos que se alquilan, viajes exprés de 24 horas, oel próximo concierto de Lana del Rey hacen que muchos se paren antes y después de ir a clase.

Por el carril bici regreso a la avenida Complutense. Con forro polar azul marino, mallas largas, música en su Ipod y con un ritmo lo suficientemente lento como para que yo, que ya iban a sumar 35 minutos corriendo, le pregunte quién es, a qué se dedica y por qué corre por la Ciudad Universitaria. Fede será profesor en un año, vive en Argüelles y corre por esa zona por comodidad.

El metro a la derecha, el vicerrectorado a la izquierda y esas enormes colas en mi cabeza en la época de convalidación de créditos. Cruzando el paso de cebra escucho una conversación telefónica temática: «tío, soy imbécil, podía haber copiado y no lo he hecho». Y digo temática porque en la Ciudad Universitaria están de exámenes. Y yo, ya caminando, me topo en la parte trasera de Ciencias de la Información con las manos de las que salen los mejores sandwiches mixtos de todo el Campus.

«Tío, he salido contento, he tenido una potra tremenda», escucho.

 

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