-Te está buscando tu mamá

Otro e-mail antes de dormir.

Destinatario: Belén

Hora: 23.57

Te voy a contar mi buena acción del día. Me he acercado a un centro comercial al que hacía años que no le dedicaba demasiado interés, sí que iba alguna vez, como hacía cada mes hasta los quince, pero en las últimas visitas algo me decía que ya poco podía encontrar allí. En una de las tiendas más grandes, muy muy grande, tipo almacén plagado de cosas de lo más variopintas (y de lo más típicas, también), caminaba sin rumbo, siguiendo por inercia a mi acompañante. Entonces aparecieron entre los largos pasillos unos gemelos (ya sabes mi predilección por las parejas de hermanos) llamados Juan y Javier, fácilmente identificables  por los gritos que la señora que los acompañaba brindaba a todos los que estaban en la tienda, y reitero que ésta era muy grande. Pispoletos y risueños. Ambos con camisa de cuadros pero de distinto color, Javier más alto que Juan y por el volumen de veces que su madre lo nombraba en tono elevado, más bicho.

Seguí caminando, vi unos zapatos estupendos, no había mi talla (-Vale, ya está, he dado una oportunidad a la tienda y ésta me ha fallado, no tengo la culpa). Como quien no quiere la cosa me introduje en la jungla de los pasillos de la ropa, no quería mirar nada pero tampoco conseguía salir de allí. De pronto escuché pasitos cortos pero rápidos, risitas no menos risas por el diminutivo pero sí por la boca de la que emergían. Seguí mirando  (-Esta camisa no está mal pero vaaaaya, solo hay tallas S).

La voz de la madre de los gemelos era tan constante en mi rato de no-compras que no me alarmé hasta que no divisé a los guardias de seguridad con ella merodeando por la tienda. ¡Javier había desaparecido! Y todo el mundo miraba a Juan para ponerse manos a la obra en la búsqueda de su hermano. Pasitos y risitas de nuevo. Silencio. Seguía en la jungla. Pasitos. Pasitos. Pasitos. (-¿Javier dónde estás?, de fondo).

Javier estaba a mi lado. Entre la ropa, correteando y sonriendo, con verdadera cara de estarlo pasando muy bien.

-Te está buscando tu mamá, le dije

Y lo debí decir muy alto, porque en un momento una avalancha de gente encabezada por la madre del niño y los de seguridad vinieron hacia mí con gestos de preocupación.

Javier me miró y me regaló un par de pucheros, solo estaba jugando a esconderse. Lo arrebataron pronto de mi lado y no me dio tiempo ni a decirle un lo siento. La gente se disipó enseguida.

-Por tu culpa han dado azotes al pobre Javier, me dijo mi acompañante.

.

.

.

Y además me fui sin zapatos nuevos.

Espero que con esto el infierno de día doce empiece con una sonrisa. No seas Javier, déjate ayudar, que yo juego contigo.

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