Lewes, se pronuncia Louis, en gerundio

Parece cosa del rey Herodes o del flautista más popular naciente de la pluma de los Hermanos Grimm que lleve quince días sin escuchar a un niño gritar, llorar, o mínimamente mostrar su condición de tan menor en público. En la miniciudad sureña inglesa donde arranca mi experiencia como alienígena (How to be an alien, George Mikes) en 2013 existen varios colegios en mi ruta diaria, con sus patios, sus jardines -ahora nevados- y sus columpios. No obstante el nivel de decibelios es inferior al que el panorama se presta. – ¡Es que hasta un niño inglés es menos escandaloso que cualquier español de la zona!-

En el lugar donde nunca parece ocurrir nada tampoco llueve en público, o al menos, nunca consigo divisar las nubes rompiendo en forma de chaparrón, pero sí el suelo y los coches empapados. La irrupción del sol de buena mañana es motivo de júbilo entre dependientes y profesores, algo especial inunda el ambiente de la miniciudad cuando el astro brilla, aunque sea por unas horas. El campo -verde, muy verde- tiene como alfombra un continuo barro que hace de las botas el único calzado para disfrutar las praderas y los animales que vigilan la miniciudad desde los alrededores. Las criaturas, como los niños, conviven sin emitir sonido perturbador alguno para las casas de cuento que se sitúan en la periferia. Por el escaso número de jóvenes en los bares a veces pienso que los cuervos y las gaviotas, una constante en el paisaje (para quien conozca lo tolerante que soy con esto supondrá lo contenta que estoy), son los que mejor se lo pasan destrozando las bolsas de basura que quedan a la vista en menos tiempo del que los conejos de la reserva natural se mudan de madriguera.

High Street cubierto de nieve
High Street cubierto de nieve

La estación de tren, el castillo, la fábrica de cerveza, varios restaurantes italianos y múltiples tiendas de antigüedades emplazan las calles principales. Disparar desde High Street en dirección Harveys Brewery se ha convertido en mi fotografía favorita. El gigante de piedra vigila atentamente a los ciudadanos sin sumar demasiadas visitas a su interior, existe un discurso generalizado sobre que lo que guarda  no vale las 6,5 libras que piden en la entrada. Además los horarios de apertura chocan con el ritmo de vida de los europeos de la miniciudad, que por qué no decirlo, reivindicamos la merienda como patrimonio nacional (y casi natural) en sustitución de la cena inglesa de las 6 de la tarde.

Inglaterra suena a susurro y huele neutro, en la gran superficie comercial Tesco me guiaron hacia el maíz cuando pregunté por la colonia de bebé. Vale que mi pronunciación inventada de “colonia” dejó que desear, pero una vez situada en el pasillo infantil y en el de droguería, ni rastro de permufe para los pequeños silenciosos. Los españoles con los que paseo por la ciudad cuando el tiempo lo permite (y cuando no ya también, porque el clima aquí es como el típico tío toca narices al que te tienes que acostumbrar y aprender a decir foodstuffs para cuando la nieva aprieta) coincidimos en fruncir la nariz al transitar túneles estrechos o recovecos que en nuestro país olerían a orina y basura casi con total seguridad. El sentido más desarrollado de Inglaterra por el momento es el gusto. Juro que el día que consiga averiguar cuál es la especia que utilizan a fortiori en todo alimento mínimamente elaborado, la retiraré de mi dieta para el resto de mis días. Retomando el tema de la pronunciación percibo entre algunos de mis allegados, foráneos como yo, un exceso de inmersión en cuanto al acento. Y me río al recordar lo que decía Mikes: «Tras pasar ocho años en este país, el otro día una dama muy amable me dijo: “¿Pero de qué se queja? Habla usted con un acento realmente excelente, sin el menor rastro de inglés».

Tal como puedes esquivar los horarios, no es conveniente hacer lo mismo con las costumbres de circulación. En Brighton, la ciudad cercana más importante, se pueden ver en el suelo algunas indicaciones sobre adónde mirar antes de cruzar, un salvavidas europeo que ni Merkel ni Lagarde juntas. En la miniciudad esto no existe, zurdos por tierra y zurdos por agua, en la piscina más vale que reconduzcas tu viraje para tomar el lado izquierdo de la calle. No obstante, siempre que tengas un percance de circulación puedes utilizar los movimiento de recortador typical spanish, algo que traté de explicarle a una japonesa y que supongo que lo dejó pasar sin entenderme.

La miniciudad en cuestión se llama Lewes, se pronuncia algo así como Louise y retiro lo de que nunca pasa nada, está pasando, en gerundio (-ing).

2 comentarios en “Lewes, se pronuncia Louis, en gerundio

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