Fringe under the eyebrow

O cómo me he atrevido a ir a unas aprendices de peluquería en Inglaterra.

El repertorio de vocabulario estaba fijado antes de partir. Flequillo, fringe; largo, long; ceja, eyebrow; y con no liarla con el resto de conectores todo debería ir bien. La seguridad no era tanta como la que tenía el chaval que estaba sentado a mi lado, que pronunció “I’m in your hands” con un tono que o bien era el novio cegado de la aprendiz de peluquería en cuestión, o la devoción hacia su cabello no estaba entre sus virtudes. Mi confianza era inversamente proporcional a la fuerza con la que otra aprendiz sujetaba (con las dos manos) la maquinilla mientras cortaba a otro chico.

La fase de lavado fue la antesala a lo que sería una jornada delicada y atenta hacia mi melena. Me mantuve alerta, no obstante, por si lanzaba la pregunta trampa española: ¿Quieres que te ponga un poco de mascarilla para (y que cada lector coloque aquí mil maravillas que parecen vitales para que tu pelo sobreviva y por la que te clavan 10 euros más)? No. No la hizo y pasó a preguntar qué quería. Nos entendimos bien, solo hicieron falta los gestos para hablar de las capas y no tuve que recurrir a mi “as en el bolso”… Una foto antigua que documentaba al milímetro lo que buscaba allí.

Tocadores e instrumental rosas y morados. Ninguna de las féminas compartía mi color de pelo, ni mi corte, quizá tacharon de insulso mi look al igual que yo tengo siempre recelo sobre si alguien que luce semejantes colores llega a entender mi estilo tradicional. Mi aprendiz, una chica rubia, guapa, con un acento muy claro, uñas violetas y tatuaje floral en la muñeca, comprendió a la perfección el tiempo que llevaba cuidando la longitud de mi cabellera y resumió mi deseo con un: the necessary for heatlhy. Tal cual. Y ahora cuéntame -pensé- si tu moño es natural o tienes dentro de él alguno de esos trucos que la gente descubre por tutoriales de Youtube.

Era elegante cortando y peinando, delicada, sin la autoridad aún de alguien que tiene en juego tu aspecto físico, de al menos, los próximos meses. Lo agradecí después de divisar tras ella a una de sus compañeras golpeando (del verbo golpear, sin exageración) a una cabeza con las que ensayan, en este caso, trenzas. Un impulso parecido tendría yo si mi fringe quedase above my eyebrows. La rubia me preguntó por mi vida, algo que ahora ya sé que es muy de las peluqueras y no únicamente de las españolas. Lo utilizó como conversación trivial para allanar el terreno y pedirme si podía hacer fotos durante el proceso con su Iphone 4 cubierto con una funda leopardesa. Su profesor, que merodeaba por allí controlando los cortes, le dijo que tenía suerte de hacerme “this”. No sé si se refería a que era afortunada porque me hubiese puesto de esa forma en sus manos o porque sería su primer flequillo así.
Cortó, secó, peinó, cortó, un orden que no terminé de entender pero que dio un resultado óptimo. Al finalizar llegaron las preguntas que si no supiera nada de inglés y hubiese llevado las respuestas ensayadas, no hubiera errado. ¿Laca? ¿Cera?. No, gracias.

Sonrió y me hizo la última foto. “Really good”, I said. Y ella, como no podía ser de otro modo en en este país, me brindó un “lovely”.
“Lovely hair”.

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