Frappés de maracuyá

Dos meses después, a mi café le acompaña leche templada. Ahora, tengo que acelerar el ritmo de absorción si no quiero que antes del último punto del primer párrafo pase a frío. (A este punto me refería).

Lo cierto es que si me dan a elegir prefiero los cafés con hielo, después de comer, los que sirven como adrenalina para que la rampa de la tarde apenas atisbe desnivel. En esta etapa tuve que acostumbrarme a inyectarme de buena mañana, algo que hasta que el sayo ha dicho que ya es hora no había supuesto inconveniente.

Aún hay ecos de París en la prensa matinal, aunque si yo fuera quien distribuye las páginas de un deportivo, alteraría el orden ¿lógico? en función de la setting, aquella agenda que aprendimos en la facultad y que solo el hecho de nombrarla delante de otros te daba un respeto como proyecto de periodista. Por cierto, ayer se cumplieron dos años desde que me licencié protocolariamente, que no acredita nada la fecha, pero todo sea tener motivos que celebrar.

Ocho minutos después el café ya está frío. Por suerte he dado el último sorbo antes de llevarme todo el azúcar que he vertido echando carreras con dos azucarillos alargados, a ver cuál se vacía antes es el leitmotiv. Los de las demás mesas se creerán que no disfruto cuando se me adelantan con el periódico, pero yo misma me autonombro sponsor de mi propia carrera de azucarillos y ya tengo el ratito echado.

Un cartel enorme anuncia en la puerta de la cafetería que ya es tiempo de frappés. Los frappés, algo así como una especie de helado y granizado, acabarán siendo los nuevos muffins, que dejan a las magdalenas de toda la vida relegadas a la mediocridad. También patrocino carreras de magdalenas acabando con la leche. Si le echas Colacao, los grumos fomentarían la versión “obstáculos” de la prueba. Los hay de fresa y maracuyá, la chica que tenía delante pidió de lo segundo reconociendo no saber bien de qué se trataba. El marketing, ese nuevo amigo del que arrastro una opinión contaminada.

Como la tenía de Javier Valenzuela. Porque sí.

La cosa es que recientemente leí que publicó Crónicas Quinquis con mis amigos de Libros del KO. Y me llamó la atención. El marketing, otra vez. Ayer por la tarde pisé el Retiro con la delicadeza de alguien que hacía un mes que entre semana no salía a su hora del trabajo y bajo la sorpresa de encontrar un chupete en el primer metro de tierra. “Oh!”, sonó por dos voces distintas, la mía y la de mi acompañante.

Me agencié las Quinquis y paseé hasta parar en un banco. Diez minutos después una avispa se estrelló en mi espalda y se volvió a escuchar un “Oh!”, esta vez los tonos no tenían nada que ver. Ni siquiera entre ellos, porque a mí me dolió de lo lindo y mi amiga se llevó las manos a la boca. (Pero no avisó, no).

El verano ya está aquí, los cafés templados van a continuar de nueve a nueve y veinte, pero del azúcar quizá deba prescindir.

Para no provocar.

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