Otsoga

*Permítanme que por esta vez sea Colacao, que me incorporo mañana

A pesar de saber que el Sella es un río, el primer buche no previsto sorprendió a mi paladar, que llegaba a Asturias dispuesto a ser conquistado un año más por la sidra de la tierra. El agua más pura para iniciar el reflejo.

Mis gurús internautas tienen que reconocer que durante este mes he cumplido mi promesa de no depender de las redes sociales tanto como de costumbre; he twitteado en escasas ocasiones, posteado con cuentagotas, y vuelto al papel informativamente hablando -salvo medallas o catástrofes de última hora-. Ahí estaba yo, en un bar de mi pueblo habanero de la costa conectada a una Wifi por una Fanta y con el “meeeelocotones” en la oreja de nuevo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si los corazones siguieran siendo (L).

Ve-ra-no

Como si lo fuesen volvió a latir este: de frío, de nervios, de kilómetros, de sabores. Helada como se debió quedar Rajoy tras las portadas de Bárcenas, remé los 15 kilómetros que separan Arriondas y Llovio, más convencida que nunca de que David Cal es un merecidísimo abanderado español. El reflejo se acentuó pasados unos días,  en #lacasadelosazulejosazules, en la de siempre, donde el agua se toma filtrada y donde los mimos se alternan con preguntas ininterrumpidas durante mis ratos (nótese el posesivo):

-¿Quieres que vayamos a la piscina o a comprar un helado? Es que como no estás haciendo nada…

-Estoy leyendo y escribiendo, pero gracias

-(Cri cri paternal/maternal/hermanil/cuñadil/vecinilsimeapuras)

Cuentan que la fachada del castillo de Santa Bárbara, en Alicante, tiene cara de moro triste por una vieja leyenda que un buen amigo me explicó mientras pateamos una ciudad en la que te puedes encontrar tanto una exposición de playmobiles, como una virgen bajando a hombros de chavales por el barrio con más escalones y rampas de la provincia. La cebada alicantina supo jugar el rol de superficie reflectante sin que las largas charlas sobre la esencia del periodismo y de nosotros mismos perdiera facultades al alejarlas de su cepa de origen.

La última pincelada del reflejo fue modernista. Montjuic, que siempre me gustó fonéticamente, se queda en mi retina hasta la próxima vez que vuelva a descubrir algo nuevo en sus fuentes y en sus cuestas. Barcelona, donde es mejor no beber del grifo, fue el colofón veraniego(s), de uno que ha evidenciado el reflejo de lo que fui, de lo que soy. El Otsoga no se pudo parecer más a un Agosto, de los de siempre.

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