A los míos

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Leía el lunes un artículo en el que se aludía a la idea de Plàcid García-Planas sobre que escribir es como hacer el amor. “La carne y la palabra tienen esto. Hay cuerpos con los que te acabas acostando y otros que se alejan dejándote a solas con el deseo. Pasa lo mismo con las historias a las que te acercas: unas las acabas escribiendo y otras se te escurren de los brazos”.

Hoy, para mí el mejor día del año, me fuerzo a sostener en mis brazos las historias de 2013 y a escribiros a todos, porque como decía una de las grandes pérdidas del año, José Luis Sampedro, “si escribes con cotidianidad, te expones a escribir textos que no son importantes”. Este único mail anual simboliza lo que sois para mí y lo que habéis significado en el año impar que cerramos.

2013 fue el año en el que cambié las libras por euros y las natillas por crema inglesa. Schenguen me permitió comprobar que el frío alcarreño no era frío si lo comparaba con el día sí día también en el que tirité -radiante- por Lewes, una ciudad sureña donde se nada por la izquierda. Nadar, lo que se dice nadar, no lo hacen mal los numerosos Bárcenas y Griñanes que intentan bordear los océanos de contabilidad B que salen a la luz.

De planes B 2013 sabe un rato. Y yo ahora también de Newsletter, estrategias de comunicación y organización de eventos. Organizadas han sido multitud de manifestaciones durante este año, que nos han apretado hasta la luz -echándose atrás-, las becas Erasmus -rectificando- y la ilusión olímpica -que no fue cosa nuestra la retirada pero ya se encargaron de ponernos en nuestro sitio-. O sea, en la cola del paro, porque más de 6 millones este año estuvieron desempleados y muchos hicieron las maletas. Londres, Panamá, Múnich… Con 25 otoños he sabido lo que de verdad es echar de menos.

Pero no pretende ser esto un anuncio de Campofrío, ahora en manos chinas, por cierto, porque también he visto a Mara sonreír desde Camerún cumpliendo su sueño de ayudar a los demás en el continente del recién fallecido Mandela; a Madrid brillar día tras día que las colas del Reina Sofía impulsaban la exposición de Dalí como la más vista en la historia de España; y a Barcelona, que la di una segunda oportunidad y ahora Colón solo me encaja si mira al mar.

Los domingos son menos domingos cuando participo del mejor voleibol, como el mejor baloncesto nos ha dejado este año, con unas chicas de oro capitaneadas por la ya retirada Valdemoro. Y correremos el 31 de diciembre los 10 km finales del año bajando Serrano y bordeando la Puerta de Alcalá, que cada mañana me recibe dando el impulso que a veces me falta. Lo haremos con el maratón de Boston en la memoria y con el tren de Santiago, catástrofes tan bien cubiertas por medios locales y delegaciones golpeadas.

Porque el periodismo sigue vivo, aunque la Comunidad Valenciana lo amordace; vivo como espero que lo estén los compañeros de El Mundo aún hoy secuestrados en Siria. The Newsroom, la serie de Aaron Sorkin, bombeó el ánimo en 2013 con uno de los mejores finales de temporada jamás vistos.

Para finales, el de Il Cavaliere y Chávez, que dejan a dos países la posibilidad de soñar, como los catalanes cuando se agarraron de las manos y las Femen, asaltando el Congreso de los Diputados, que este año tuvo goteras. Y una laguna llamada LOMCE por la que los que hoy hacen la comunión, en unos años no sabrán ni quién fue Francisco I, porque el nuevo Papa, con la que está liando, no va a llegar a la selectividad, reválida o como lo hayan llamado, de esos hoy monaguillos.

Nos espiarán, nos contarán las mentiras por plasmas, nos mandaran mensajes navideños vacíos que luego completan e-mails filtrados y nos tendrán discutiendo por el anuncio cantarín de Navidad para entretenernos mientras aprueban las leyes de pensiones y energéticas. “Este mundo está traicionando a la vida”, decía Sampedro. En 2014 os deseo que mientras tengamos vida, nos comamos el mundo. Que es nuestro.

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