De Lope de Vega a Rosell

El café de hoy se consumió leyendo nacimientos y necrológicas, que fue el primer género que escribí como proyecto de periodista. En la primera práctica de la primera clase de primero de carrera, a Elena Lowy (que sigas contagiando allá donde estés) se le ocurrió mandarnos escribir nuestra propia muerte. Asustada como estuve desde que lo escuché, llegué a casa contando cuáles eran mis primeros deberes universitarios. Después entendería que no hubo mejor forma para que la maestra (tramaes que dirían los jóvenes franceses en su argot de la calle) midiese nuestra ambición profesional. Prometo contar un día (incluso reproducir fragmentos si la vergüenza me deja) qué acto venía de cubrir al morir sobrevolando el Atlántico.

No era la necrológica deportiva de Rosell lo que leía, que se dice que le quedan horas en el club culé; ni la de El Roto, del que hoy, por primera vez en mi vida de observadora de viñetas, he leído críticas de la opinión tuitera. Como dardo a favor del tema diré que me complace cómo se genera tal polémica por desmarañar nuestra bonita lengua y por ponernos quisquillosos porque la acepción de “equidistante” no se ajusta a la situación real. Esto, antes, cuando las lanzas no estaban tan afiladas hacia Miguel Yuste, se hubiera perdonado. Si no sabes de qué hablo, lee esto.

Las necrológicas que desde ayer pasaban por mi pantalla con todo lujo de detalles, véase fotogalerías, gráficos, opiniones, críticas literarias, etc. eran de Manu Leguineche, el reportero afincado en Brihuega que ayer por primera vez aparecía entre verbos en voz pasada que aludían a su genialidad como profesional y como persona. Recomiendo sin duda que leáis, aunque nunca se haya tenido entre manos nada de/sobre él,  el último adiós que le brindó Alfonso Armada. Dan ganas de morirse para que Alfonso lo escriba.  Leguineche_Guadalajara

Leguineche, que por él mismo hubiera podido llenar hoy las portadas nacionales (si hubiese diario en Guadalajara, por supuesto sería primera plana también), aparece sin embargo al lado de un clásico que estrena comedia. Tal y como leen, el día que el periodismo llora no leer de nuevo a Leguineche desde su (y mi) Alcarria, los amantes del Siglo de Oro celebran una nueva comedia de Lope de Vega. Este tipo de detalles, este cruce de milagros a los que algunos llaman vida y a los que otros llaman insistencia cultural (¿conocéis a los ProLope?), son los que salen en los márgenes de los libros y con los que yo me debía quedar de pequeña, porque el otro día en el programa este de colocar taquitos de dinero se preguntaba sobre la IGM y a mí me venía una y otra vez a la cabeza el ‘gas mostaza’ sin saber muy bien por qué. Supongo que sin encontrarle un lugar en el cuerpo de texto sobre la contienda, aparecería en los despieces anecdóticos que yo me estudiaba por placer.

Con los nacimientos y necrológicas impresos ayer, vistos hoy y siendo la basura de mañana -como se suele decir-, solo me queda desear que el caso Rosell no suponga una ‘noche toledana’ en las redacciones, que por cierto, como ‘El Perro del Hortelano’, es una obra de Lope. Pero estas no son nuevas.

3 comentarios en “De Lope de Vega a Rosell

  1. Jajaja creo que en esa primera práctica todos fallecimos como héroes mientras volvíamos de recoger el Pulitzer o cubríamos el conflicto más olvidado del confín más peligroso y lejano. ¡Qué buenos tiempos! 🙂

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