Una colleja y días sin postre

El café de hoy lo tomé revisando el mapa interactivo de imputados que presentó El Mundo ayer. Está bien la iniciativa para los que -la mayoría- no podemos llevar ya la cuenta, antes mensual, ahora semanal.

Parece que esta semana se ha puesto de moda escribir a lo Murakami sobre correr y lo que piensas mientras corres. Pero estas notas las tenía ya cogidas desde hace unos días, cuando trotaba por el Retiro en mi día 1 para preparar mi tercera San Silvestre Vallecana. Mis sensaciones y mi tiempo fueron mejores que en cualquier día 1 anterior, aunque Runtastic no confió del todo en mi fatigoso verano y no acató mi orden de empezar a cronometrar cuando mis piernas se pusieron en marcha.

Cuando ya regresaba para casa me topé con una madre china que forraba al pequeño chinito con bufanda y gorro, y lo acicalaba como esas abuelas que después de comer en su casa te acercaban al colegio oliendo a 3 km de distancia a colonia y con el pelo mojado repeinadísimo. Los niños del comedor nos distinguíamos porque a las 15.30 de la tarde éramos los despeinados y sudados de la clase. Porque el recreo del comedor estaba para jugar, no había deberes que valieran, era el mejor networking. Y el más duro.

En esa hora y media, no recuerdo con certeza, tenías que sobrevivir a los mayores, evitar que volase tu postre, jugar algún partido, saltar a la comba, tirarle del pelo a la niña que te gusta y a la par mostrarte encantador ante ella, y ya si eso te acordabas de lavarte los dientes. No obstante, de cara a tu madre eso es lo primero que hacías nada más abandonar el comedor.

Ese recreo te inculcaba fortaleza frente a los peligros, que para la edad, los había; respeto, porque si ibas de listo ya en noviembre lo ibas a pasar muy mal el resto del curso; y prudencia, porque el cúmulo informativo de cotilleos que se filtraban de curso a curso en ese rato te hacía un pozo de información que tenías que administrar con los que se iban a comer fuera. ¿No os aburríais los que comíais en casa, de verdad?

Escuché en un debate de La Sexta algo semejante a “si los ciudadanos de hace X años levantasen la cabeza y viesen qué país tenemos…” Y pensé. Y callé. Y repensé. Y me olvidé. Entonces el 1 de noviembre me acerqué a ver el Tenorio Mendocino itinerante que cada año me conquista un poquito más. Y allí estaba don Juan y sus doblones, con los que compraba la entrada a toda morada o convento, y el comendador, que por tráfico de influencias no podía permitir que doña Inés siguiese los pasos de su corazón, y don Juan de nuevo, matando a quien se pusiera en su camino por salvar su sombra.

Y volví a pensar, claro: Si esto ya ocurría en el XIX, ¿de verdad le sorprende a alguien el gráfico de El Mundo? Alucinarían más con la cantidad de runners que invaden el Retiro cada tarde-noche y con la madre china, peinando la ralla al chinín con el dedo chupado.

Supongo que a los del gráfico les faltaron unos cuantos recreos del comedor sin postre. Y otras tantas collejas. O quizá comiesen en casa.

2 comentarios en “Una colleja y días sin postre

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