Oda

“Quizá sea tan fácil como decirle a tu cerebro ‘es allí donde quiero poner la bola, chato’”. Lo de chato es algo tan castizo con lo que no puedo enfadarme aunque no me suene del todo bien, porque, además, chata chata no soy, pero me lo llaman dos personas que se merecen la licencia con creces.

Hablando de cosas castizas, y aludiendo a Madrid, recomiendo esta lectura.  “Ya dijo Joaquín Sabina que los que han nacido en Madrid no han podido soñarla, y lo bueno es llegar con la boina y la maleta de cartón y a los cinco minutos ser de Madrid”.

Este post va de voleibol. De uno de los sets que más he disfrutado en mi vida, un 26-28 que terminó con el marcador en contra y las ampollas a favor. Llamadme masoca pero unos pies destrozados siempre simbolizan un desgaste en la pista, y una evidencia de, al menos, una victoria para toda la semana.

Batallas.
Batallas.

No voy a narrar el set en cuestión como Agassi en sus memorias, punto a punto, sensación tras sensación, porque entre otras cosas, es inviable que me acuerde con esa exactitud que se gasta el libro en detalles. No obstante, lo recomiendo, la historia y la prosa tienen mucho nivel.

Hay ciertos momentos en los que mente, cuerpo y equipo se alinean y la cosa va rodada. Cada punto, una batalla; cada pitido, una victoria, aunque el balón bote en tu campo; cada decisión, un acierto. Y esa finta a la que no llegaste el fin de semana pasado ¿por qué esta vez la has olido desde hace segundos? Y entonces todo marcha bien, y es cuando tú, inexperta en ataque, te convences de que si ordenas a tu cerebro que esa bola tiene que ser línea, la técnica de los ‘talleres de navidad’ no dirán lo contrario.

Es como cuando analizo qué veo cuando estoy en el aire. Hay jugadoras que lo saben describir a la perfección (y que alucinan cuando les pregunto), mientras que a mí, que me juran que no me ven cerrar los ojos, me cuesta horrores traer de nuevo esos segundos al presente. ¡Ven manos! ¿Qué pasa en mi cabeza cuando tengo los pies a centímetros de la pista? Debo seguir corriendo el riesgo de no saber qué ocurre por las alturas mientras las bolas sigan entrando, y debo seguir coordinándome con mi cerebro para que la mano ejecute lo que quiero. Supongo que racionalizar esto sólo ocurre cuando no lo has mamado del todo y de repente gritas “rapi”, refiriéndote a una bola rápida, desde el otro lado. Cómo disfruto atacando. Y cómo me gusta celebrar y derrochar adrenalina.

No hay sonrisa como la que gasté el domingo pasado, en la primera jornada, en la que casi sin querer siempre piensas “¿Y si es la última temporada?”.

*

Pd: Oda, porque no tengo dotes para la ópera.

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