Por qué no leo novelas

Café de lunes, con paraguas y habiendo salido el sábado, yo estas cosas hace unos años las llevaba mejor.

A veces me frustro y lo digo en voz alta: ¡tengo que leer una novela! Me pasa desde hace algunos años que entre mis selecciones de lectura sólo destacan crónicas, reportajes y artículos.

El origen se remonta a mi año de máster, aquel año… Esa excusa que mis amigos rescatan cuando no recuerdo alguna anécdota grupal: “seguro que pasó en tu año de máster”. La mofa llega ya tan lejos que si en un mes no me acuerdo de que el sábado perdí la voz riéndome en la terraza del Cívico hasta las mil de la mañana, dirán que ocurrió en 2011. Y no, este finde necesitaba tanto Guadalajara que Guadalajara hizo coincidir mi necesidad con el Maratón de Cuentos, uno de los fines de semana en los que la ciudad más bonita luce. Hoy apenas me duele el pie y los agobios se han (casi) evaporado. Guada funciona.   

Durante ese año 2011-2012 de romance fogoso y descontrolado tenía que leer tanto que suprimí de mis hábitos la ficción. Únicamente ártículos, crónicas, todo material que me pudiese aportar background cultural y estilo en la forma de redactar. Hasta por la noche, cuando más relajada se me intuía (para aprovechar mis cuatro horas de sueño), mi cabeza no dejaba de analizar una y otra vez los textos inclinados sobre la almohada. Es muy ejemplarizante que esta semana volviese a ver a una compañera de máster que no veía desde entonces y las dos dijésemos en el primer minuto de conversación: “Joder, qué guapa estás”.

Desde entonces se ha alojado en mí una sensación de ‘pérdida de tiempo’ cuando cojo alguna novela. En mi defensa diré que no sólo me pasa a mí, que he sondeado entre allegados plumillas y aunque no esté generalizado el síntoma, no es unipersonal. Tampoco desvelaré nombres propios, pero estoy aliviada desde que los conozco.

Aunque a día de hoy ya tengo en mis manos otros dos libros periodísticos, mi adquisición en la feria del libro de Madrid (el dietario de Josep Pla), y artículos lingüísticos recopilados por Grijelmo, un regalo que mi amigo Alber (que me mima indecentemente) me hizo en Sant Jordi, admito que las dos últimas semanas he leído novela. La elegida fue mi autoregalo del 23 de abril, Blitz, la última novela de David Trueba. Me gustan demasiado sus columnas para no probarle en capítulos.

Escojo las novelas intuyendo que la trama poco tiene que ver con mi vida (ya que nos distanciamos, nos distanciamos bien). Blitz atrapa desde que te identificas con su protagonista y lo puteado que está por el desamor. Para puteados hoy el exconcejal de cultura de Ahora Madrid, posiblemente el concejal que menos tiempo ha durando en su puesto. También diré que si chequeasen mis tuits desde 2008 no creo que pudiese ostentar ningún cargo susceptible de crítica. Pero no entro en valoraciones.

En Blitz de repente apareció este párrafo, que habla de competitividad en relación con el pasado, un yugo histórico que he intentado explicar varias veces y que nunca supe transmitir bien.

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Resultado, que he vuelto a leer ficción, y me he llevado una señora hostia. Sigamos con los artículos y que las hostias se las lleven los concejales.

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