De calor, claro

Café…templadito. Si por algo se caracteriza este blog es porque habla de lo que acontece, y siento ser monotemática en tuits, whatsapp, y ahora en estas líneas, pe-ro-qué-ca-lor.

Madrid es un horno, y los trabajadores, tal y como dijeron el otro día en un informativo, deambulamos cada mañana camino del trabajo haciendo apuestas con el de al lado sobre quién ha dado más vueltas en la cama.

Del calor, claro. El que tiene la culpa de todo en estos días, ni siquiera mi fiel Guadalajara y mi ventanal con los ojos puestos en el río Henares me sació el viernes pasado.

El pasillo de Saliente ya no tiene intimidad alguna, somos una comuna con las puertas abiertas  que sentimos cuando alguno necesita (de necesitar) agua o simplemente rebuznar cuando los ventiladores llegan al punto de no retorno, cuando única y exclusivamente mueven aire caliente. O cuando yo salgo disparada a hidratarme las lentillas nocturnas, que con esta sequedad parecen puñales. Me dicen desde Munich que la cosa está parecida, concretamente me han comentado “hasta tú sudarías si estuvieras aquí”. Y es que una hace gala de hermética -que diría Supersubmarina- empezando por los poros de la piel.

Si esto fuera una película de Antena 3, estos días serían el preámbulo de una gran plaga de algo maligno que nos haría abandonar nuestros hogares, o de un desastre climatológico que nos fastidiarían los festivales de verano. Desconozco si lo ha habido, pero apuesto a que pronto alguien encalomará la culpa de los grados de más a Podemos.

Donde el mar no se puede concebir. 

Pero las noches no es tiempo de televisión, sobre todo cuando he descubierto que a Alba Lago le cuesta mucho adornarnos la realidad: “señores, olvídense también esta noche de descansar”. No, hombre, así no. Ya han comenzado los cines de verano en Madrid (¡vivan los cines de verano!), una opción estupenda, a la par que romántica, para combatir el insomnio y disfrutar de la capital en una de las mejores épocas del año, cuando en O’Donnell no hay apenas claxons, las sandalias se despegan de callejear y las sonrisas robadas son el segundo motivo de insomnio, porque el verano tiene esa magia que le hace protagonista de canciones y películas.

Con final, eso sí, siempre con final.

Y buenos o malos, siempre algo incómodos, como los de las series que históricamente he visto en estos meses. Los veranos en los que o no he tenido vacaciones, o he tenido muy poquitas, he seguido alguna serie con más de 4 temporadas. Fue el caso de One Three Hill, Saturday Night Live, o el Ala Oeste de la Casa Blanca. Este verano los Mad Men se cuelan en mi cuarto para corroborar lo poco que me gusta la publicidad, lo poco que entiendo el sex appeal que dicen que tiene el cabrón de Donald Draper y lo poco que me gusta reconocer la razón que lleva el director creativo cuando dice: “Las personas te dicen como son, pero lo ignoramos porque queremos que sean lo que nosotros queremos que sean”.

De momento, es verano, y por si lo he intentado ignorar -muy yo- en algún momento,

gracias 44º.

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