El club de la hora del cierre

Me abstengo de cafés durante el fin de semana, había olvidado cuánto se bebe en las redacciones: el de llego a media mañana, me tomo un café para espabilarme; el de después de comer, nada mejor que un café para cerrar ese momento; y el ocasional de las seis de las tarde, sinónimo de “me estoy aplatanando y queda el sprint fuerte”.

Retomaba Manuel Rivas en las páginas de El País Semanal que ha visto la luz esta mañana el tema de la muerte de los diarios de papel, un hilo muy recurrente siempre y cuando pongas la cifra de lustros o “más de dos lustros” para la fecha del off de las rotativas. Total, nadie se va a acordar en cinco o diez años si llevabas o no razón, y mientras, te salva la papeleta de la columna semanal.

Ocurría algo semejante a esto ayer en el universo opinológico de Twitter, cuando al conocer los rivales de España en la fase de grupos del próximo Mundial, no había tuitstar que mantuviese la tecla de ‘enviar’ quieta. Para los no aficionados al deporte, por próximo Mundial no hablamos de dentro de unos meses, ni siquiera del año que viene, sino de 2018, ese verano que de momento podríamos decir de él pocas cosas, pero seguro que “próximo” no sería una de ellas. Había, sin embargo, en mi opinión, un tema más llamativo en los bombos, ¿Rumanía y Gales cabezas de grupos? La FIFA, ese mundo.

Episodios incoherentes como los que ocurren en la nocturna Malasaña, al cierre de un día caluroso y largo, en el subsuelo, sin cobertura, cubriendo sin cubrir una guardia informativa velando por un bolso lleno de objetivos, sonriendo furtivamente y sin mirar el reloj. Sin 3G y sin percibir el paso del tiempo. Una canción más y voy al baño. Y descubrir que llevas horas riéndote en una despedida de soltero de un portugués que va a contraer matrimonio en un velero. Pietro, pese a todo, es un tío sensato y era el más cuerdo de esa noche subrepticia.

Una sensación semejante a la que describe Clarice Lispector: la felicidad clandestina, aquella que sólo perciben los que pertenecen a tu tribu, los que compran como tú el diario en papel, lo pliegan bajo el brazo, “con lo que eso tiene de signo personal”, y le hacen un hueco en sus vidas, en sus hogares. A esa gente, la que no nos rendimos, nos define Rivas como adolescentes que disfrutan su primer amor, el que sabe a cloro, a sol y a estío.

El club de la felicidad clandestina,

la hora del cierre de edición.

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