Charlas al sol y de sol (I): la conspiración de las moscas

No-co-ffee.
Con esta premisa arranqué mis vacaciones hace unos días. Pocos. Pero suficientes como para que ayer, día 1 de agosto, sonriera mirando el calendario, medio mes para volver al mundo calórico, atrapadizo y dulzón de las dos pantallas. Con todo lo que pasa en medio mes y con todo lo que se escucha en las conversaciones de sol.

Estas charlas de sol y al sol son las más inofensivas e inevitables de los bañistas españoles, pero también dignas de contar por fragmentos. Esta se produjo entre una abuela y una nena con manguitos que ya tenía ansia de soltarlos a juzgar por su empeño por meter la cabeza bajo el agua, luchando contra la gravedad de los plásticos rosas de sus brazos. La mayor le decía que le iba a pasar como a las moscas de la fábula, que por tener tantas ganas de llegar a la miel (al agua) acabaría pegada a esta y la gula las acabaría matando (no hago metáfora aplicada a la menor).

En el 5* de los azulejos azules

A la casa de los azulejos azules las moscas han venido como invitadas cinco estrellas, porque en casa de Montse siempre se es de 5* aunque tengas alas y zumbes. Madrugadoras y persistentes en su afán de ir contigo donde estés: a la playa, a la piscina, y, por supuesto, a dormir la siesta obligatoria que dice Javier Marías que tenemos como deberes en este mes. Las vacaciones Santillana de los adultos que impiden que cojas el tomo de Proust con el que se te llenó la boca en junio, advirtiendo que sí, que este año lo retomarías en agosto.

Aunque mi compañera de piso advierte que hay moscas (y mosquitos depredadores) en Saliente, lo más parecido al insecto volador que he visto -y por la tele- en la almendra central madrileña, fue la polilla que acudió a consolar a Cristiano sobre el suelo de Saint Denis.

Puede que sea cosa del fenómeno pokémon, que priva de atención a algunos placeres del verano. Bueno, y a momentos de la boda de mi última amiga en sumarse al grupo de las casadas a los 27, que, dónde va a parar, tiene mucho más glamour que el club de Amy (Winehouse) y nadie le ha hecho aún un reconocimiento.

Volviendo al precioso enlace, un Bulbasaur eclipsó y humanizó los galones en el momento de la recena, dícese “hora en la que ya llevas unas copas de más y te comerías hasta el ramo si te asegurasen que no te estropearía la fiesta”. Los novios lo saben y nos alimentan para que sigamos en pie y con nuestra misión, porque si algo he aprendido tras cuatro bodas de amigas es que de los amigos de los novios se esperan ‘gamberradas y empujones’ y de las de la novia ‘algún numerito de borrachas’.

Lo de no darnos ni cuenta de las moscas puede que sea por el panorama político, el de izquierdas, derechas, pactos, no pactos, una Convergencia sin grupo parlamentario y unos periodistas políticos en los que pocos piensan. Un verano atípico. O, simplemente, porque donde hay aire acondicionado no suelen entrar, y entre cambios de diseño, peticiones absurdas, dominios erróneos, cierres caóticos y textos planos, las voladoras tampoco están cómodas, suficientes iguales atrapados de patas y alas.

*

Mientras, el paro baja.
Menos gente para cazar moscas.

(A-vo-lar)

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