El día que mataron a Miguel Ángel Blanco

Pocas personas hoy no harán el esfuerzo (si es que lo supone) de recordar qué hacían el 12 de julio de 1997 cuando se enteraron de que ETA había cumplido su palabra y había pegado dos tiros en la nuca a Miguel Ángel Blanco.

En mi caso -y en mi casa- todos los 12 de julio había sido el cumpleaños de mi hermana mayor. Ese, por lo menos, empezó siéndolo, ya que años después España ganó el Mundial de fútbol el 11 de julio y su día se convirtió en la resaca nacional del minuto 116.

El cumpleaños de ese año lo celebramos por primera vez en Guadalajara. Sólo hacía un curso que habíamos llegado a la ciudad y era el primer verano con patio, barbacoa y piscina. Cuando digo piscina no os imaginéis un señor piscinón, se trataba de un charquete de plástico azul (azul piscina, claro) que apenas dejaba hueco para algo más en el patio y que tan sólo duró un par de veranos. “Por lo menos os refrescáis”, decía mi madre, creyendo que 30 grados eran las máximas temperaturas estivales que veríamos sus hijas en la Meseta.

Hasta entonces para mí, que acababa de comulgar por primera vez, ETA no era nada por lo que temer, era tan lejano que incluso me quejaba cuando llegaba tarde al colegio porque los guardaespaldas del “vecino fiscal de Garzón” bloqueaban nuestra calle.

La celebración llevaba el rumbo normal de los días festivos en mi familia. Niños corriendo; mi abuela diciendo que dábamos muchas voces, otros reivindicando que ya sabía cómo eran; mi madre, que tiene más pulso informativo que muchos reporteros y una cualidad especial para intuir que algo malo va a ocurrir, nerviosa; y mi padre pidiendo que le dejasen escuchar las noticias mientras trataba de competir subiendo el volumen. Esto lo hace desde siempre, sólo que ahora pone como excusa que yo me tengo que enterar de lo que pasa en el mundo porque soy periodista.

EL PP DE VALLADOLID HOMENAJEA A MIGUEL ÁNGEL BLANCO

Cuando el jaleo cesó, algunos se levantaron, se pedía silencio para escuchar la televisión. Yo estaba en el agua. No entendía quién era Miguel Ángel y por qué en mi casa se lloraba del disgusto. El cumpleaños se había terminado, sin embargo algo había nacido en mí y en muchos españoles. La siguiente vez que vi llorar a mi madre frente al televisor fue el 11 de marzo de 2004, y aunque esa es otra historia más triste aún, ambas van de lo mismo, de golpes (disparos y bombas) de realidad.

Hay acontecimientos que se quedan grabados con cincel hasta en la roca más dura. Hay hechos que se suman a la memoria nacional sin saber muy bien por qué. El concejal de Ermua no fue el primer muerto de la banda terrorista, ni el más joven, no paso más días secuestrado que el entonces recién liberado Ortega Lara y nadie fuera del País Vasco le conocía. Los símbolos se crean así, sin querer, sin saber dar porqués del todo certeros; pero hay que recordarlos, Ayuntamiento de Madrid y Partido Popular, porque nacieron para ello.

No tengo muchos más recuerdos de esa piscina, pero feliz cumpleaños, hermanita. Este año sí.

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