El premio en última instancia

Otro e-mail antes de dormir.

Destinatario: Mario 

¿Cómo vas, amigo? 

¿De mañana o de tarde? ¿A qué huelen los trenes de mayo? Huelen diferente, yo lo sé, había apuntes y nerviosismo en ellos, y algunos años fueron el último abono comprado hasta septiembre.

Este va a ser uno de mis ‘E-mails antes de dormir’, en el que voy a aprovechar para contarte que esta tarde estuve en el 50 aniversario de Alfaguara. La cola de gente rodeaba a los Teatros del Canal. Y no daban fútbol dentro.

la foto (26)
La charla te hubiese encantado. Sobre el escenario: Javier Marías, Pérez Reverte y su ego, y Don Mario Vargas Llosa, que hacía que Marías hablase con acento del Perú cuando los turnos de palabra iban seguidos y que la gente irrumpiese en aplausos cada vez que Reverte aludía a su edad avanzada. Y no fueron pocas veces.

“De pronto hay algo que encaja. Muy íntimo, muy privado. Ese es el premio en última instancia”, decía VL sobre la sensación que le produce dar por terminado un texto.

¿Sabes de qué te hablo? Creo que tú eres más de la línea del que firma cada domingo en El País Semanal, que hasta una vez en impresión se cuestiona ‘ysis’ por todos lados. Marías habló también del miedo de releernos, algo que parece que ocurre con más frecuencia de la que lo contamos. Y al miedo también aludió el Nobel, que confesó sus grandes temores a volar, que se incrementaban en cada viaje -que no son pocos-, pero advirtió que su curiosidad es más grande que su miedo. Y me pareció fascinante el argumento.

No te voy a dar una batería de citas sin decirte alguna de Pérez Reverte, que reconoció que se refugia en Galdós cuando necesita consejo, y sé que a ti eso te gana: “Somos lo que hemos leído, lo que hemos vivido y lo que imaginamos”.

*

El domingo volví a correr Madrid. Como cuesta Gran Vía al trote sólo es comparable a cómo le costaba a los protagonistas de Ilusiones Perdidas o de La Capital lograr el éxito en el París de Vargas Llosa, la ciudad soñada donde el peruano creía el único lugar para ser artista y dedicarse en exclusiva a su pasión.

Pasión.

Cuéntame a qué huelen los trenes de mayo.

El día de después llovió

Juro que no pensaba escribir nada sobre la fecha que hoy padecemos en la capital. Juro que fue por miedo a remover o por el de parecer demagoga en este día, que siempre sale el que te dice “te tienes que acordar de esos trenes todos los días, no sólo el 11 de marzo”. Y juro que para mí es un tema delicado.

(Auto)juré y (auto)perjuré hasta que un post de Jorge Bustos me hizo recapacitar anoche. El autor habla de un tabú sociológico hacia los atentados, un tabú de una generación que lo recuerda con 10 años vista y que cuando lo alude escoge la licencia de nombrarlo con el eufemismo 11-M antes que por un nombre más certero y conciso: atentado terrorista.

Entre las muchas preguntas que aún hoy se lanzan sobre este día, habrá una persistente que en cada víspera alguien te lanzará, o seguro que te (auto) plantearás. ¿Dónde estaba yo?

Y te acordarás.

Foto rescatada de Flickr del 11M de 2010
Foto rescatada de mi abandonado Flickr, del 11M de 2010, hecha con mi SuperNokia 6131

¿Y qué cambió en tu vida desde entonces?, añado yo a mi batería personal de preguntas, que aumenta (de cantidad y existencialismo) si voy en un transporte público como el que un año después empezaría a coger y aún no he soltado. Probablemente nada hasta 2006, cuando ‘Jueves’, Murphy y mi Ipod nano se aliaban para encharcarme los ojos en El Pozo y en la floral Atocha; probablemente nada hasta 2006, cuando el E1 picaba de noche y veía la luz en la ciudad con la edad media más baja de Madrid; la ciudad donde un  violinista te transportaba a los mejores cuentos infantiles; y la ciudad que una mañana no tuvo final feliz, porque faltaban personajes.

No puedo contestar a mi (auto) pregunta sin reconocer cómo mi madre aquel día fue más madre que nunca. No mía, que estaba en el colegio en plenos exámenes de evaluación, pero sí de todos por los que apenas probó bocado cuando yo llegué a casa, percatada de la magnitud de la catástrofe porque ninguna mirada se desviaba del televisor. Recuerdo una imagen que fue el principio de un hábito que me impuso cuando rebasé el corredor del Henares, dar una llamada perdida cuando llegase a (mi) Ciudad Universitaria. Era su forma de acallar esa imagen de bomberos y servicios de emergencia recogiendo móviles sonando en las vías. Decenas de ellos.

***

El día de después llovió.

La lluvia aumentó, sin hacer falta, el decoro de ese viernes, cuando España salió a la calle y yo me sumé después de jugar un partido de voleibol aplazado, con crespón negro, en un polideportivo que precisamente hoy lleva el nombre de un entrenador alcarreño fallecido.

Y a nadie le importará qué hacía yo el 11-M, soy consciente, pero es que Mario me lo ha preguntado por mail y yo lo he (auto) recordado.

Y entre medias, Barcelona, donde todo empezó

Ya, ya… es el título del precioso Informe Robinson que recrea los Juegos Olímpicos de la Costa Brava, pero es el título que irrumpe mi mente desde la semana pasada también, así que citando, lo tomo prestado (lección de primero de carrera).

Cerca del mar todo se ve diferente. Esa, imagino, no es una reflexión propia, pero también la robo con confianza. El Mediterráneo estaba este fin de semana como un buen jefe, desprendiendo ese grado de respeto que genera el mar y a la vez apacible hasta que te hacía suya. Tranquilo como lo estaba yo callejeando a contrarreloj por el Barrio de Gracia con unas entradas regaladas para una obra de teatro improvisada. Porque el (nuestro) guión no estaba escrito, aunque parezca  la obra cumbre del director más laureado, el proyecto con el que consigue la última ovación y la más emocionante de su trayectoria. Porque acaba bien, y aunque la especie humana seamos victimistas por naturaleza, también amamos los finales felices. A veces en silencio. Otras veces, a grito pelado. Y qué bonito es gritar cuando las cosas salen bien.

ImproShow, en el Treatreneu, muy recomendable
ImproShow, en el Treatreneu, muy recomendable

Volé leyendo -no sin antes echar la irremediable cabezada postdespegue- la entrevista que Enric González le hizo a Javier Cercas en JD en forma de diálogo. Pura casualidad. El mismo Cercas que da la bienvenida con un recorte de periódico a la habitación de el medio. Pura Casualidad (bis). Y llegué al restaurante donde éste escribió Soldados de Salamina. Dos días después se reconocería a Le Bistrot como el restaurante más romántico de España. Pura casualidad (¿tris?).

Como que sonase swing en el quiosco de la música de la Ciutadella, donde desde la arenilla a los pies del mamut hasta lo alto de la fuente de la que desconocemos la historia, se confirmó que Irene llevaba razón. Como la llevan los semáforos que deciden ponerse en rojo para que nos acerquemos hasta que los tactos encontrados los convierten en verde; como la razón que pierden las escaleras mecánicas por las que marchamos, que ralentizan su subibaja cuando estamos en ellas; razón como la que tiene la función de ‘pausa’ de las aldeas de los juegos de Ipad, que te permite cuidar lo conseguido poco a poco y protegerlo dentro de las barreras moradas.

Que tú eres el mejor en eso.

Este post iba a ser un agobio. Me explico. Hace un rato se titulaba ‘Montar la Semana de la Mujer en Madrid, buscar piso a mi chico, unos padres dejando de fumar, un equipo que roza la fase de ascenso a Primera División… y un San(t) Valentín’. O sea, el agobio que es mi febrero plasmado por escrito. O sea, una visión sesgada de lo jodidamente bonito que está siendo mi febrero.

A los míos

-Si este mail está en tu bandeja de entrada, estás haciendo las cosas bien con la autora-

Leía el lunes un artículo en el que se aludía a la idea de Plàcid García-Planas sobre que escribir es como hacer el amor. “La carne y la palabra tienen esto. Hay cuerpos con los que te acabas acostando y otros que se alejan dejándote a solas con el deseo. Pasa lo mismo con las historias a las que te acercas: unas las acabas escribiendo y otras se te escurren de los brazos”.

Hoy, para mí el mejor día del año, me fuerzo a sostener en mis brazos las historias de 2013 y a escribiros a todos, porque como decía una de las grandes pérdidas del año, José Luis Sampedro, “si escribes con cotidianidad, te expones a escribir textos que no son importantes”. Este único mail anual simboliza lo que sois para mí y lo que habéis significado en el año impar que cerramos.

2013 fue el año en el que cambié las libras por euros y las natillas por crema inglesa. Schenguen me permitió comprobar que el frío alcarreño no era frío si lo comparaba con el día sí día también en el que tirité -radiante- por Lewes, una ciudad sureña donde se nada por la izquierda. Nadar, lo que se dice nadar, no lo hacen mal los numerosos Bárcenas y Griñanes que intentan bordear los océanos de contabilidad B que salen a la luz.

De planes B 2013 sabe un rato. Y yo ahora también de Newsletter, estrategias de comunicación y organización de eventos. Organizadas han sido multitud de manifestaciones durante este año, que nos han apretado hasta la luz -echándose atrás-, las becas Erasmus -rectificando- y la ilusión olímpica -que no fue cosa nuestra la retirada pero ya se encargaron de ponernos en nuestro sitio-. O sea, en la cola del paro, porque más de 6 millones este año estuvieron desempleados y muchos hicieron las maletas. Londres, Panamá, Múnich… Con 25 otoños he sabido lo que de verdad es echar de menos.

Pero no pretende ser esto un anuncio de Campofrío, ahora en manos chinas, por cierto, porque también he visto a Mara sonreír desde Camerún cumpliendo su sueño de ayudar a los demás en el continente del recién fallecido Mandela; a Madrid brillar día tras día que las colas del Reina Sofía impulsaban la exposición de Dalí como la más vista en la historia de España; y a Barcelona, que la di una segunda oportunidad y ahora Colón solo me encaja si mira al mar.

Los domingos son menos domingos cuando participo del mejor voleibol, como el mejor baloncesto nos ha dejado este año, con unas chicas de oro capitaneadas por la ya retirada Valdemoro. Y correremos el 31 de diciembre los 10 km finales del año bajando Serrano y bordeando la Puerta de Alcalá, que cada mañana me recibe dando el impulso que a veces me falta. Lo haremos con el maratón de Boston en la memoria y con el tren de Santiago, catástrofes tan bien cubiertas por medios locales y delegaciones golpeadas.

Porque el periodismo sigue vivo, aunque la Comunidad Valenciana lo amordace; vivo como espero que lo estén los compañeros de El Mundo aún hoy secuestrados en Siria. The Newsroom, la serie de Aaron Sorkin, bombeó el ánimo en 2013 con uno de los mejores finales de temporada jamás vistos.

Para finales, el de Il Cavaliere y Chávez, que dejan a dos países la posibilidad de soñar, como los catalanes cuando se agarraron de las manos y las Femen, asaltando el Congreso de los Diputados, que este año tuvo goteras. Y una laguna llamada LOMCE por la que los que hoy hacen la comunión, en unos años no sabrán ni quién fue Francisco I, porque el nuevo Papa, con la que está liando, no va a llegar a la selectividad, reválida o como lo hayan llamado, de esos hoy monaguillos.

Nos espiarán, nos contarán las mentiras por plasmas, nos mandaran mensajes navideños vacíos que luego completan e-mails filtrados y nos tendrán discutiendo por el anuncio cantarín de Navidad para entretenernos mientras aprueban las leyes de pensiones y energéticas. “Este mundo está traicionando a la vida”, decía Sampedro. En 2014 os deseo que mientras tengamos vida, nos comamos el mundo. Que es nuestro.