Adiós a una atleta de altura

De pequeña, cuando el verano era verano y los Juegos Olímpicos se veían en la playa, mi padre me decía que aprendiese de la cara de esfuerzo que Ruth Beitia brindaba a la cámara en cada salto. A continuación, una sonrisa. Hablé con ella el día antes de su retirada (ahora cuestionada de nuevo), la sonrisa se percibía al otro lado del teléfono. La mía, lejos del mar, también.